IMPORTANCIA DE LA HISTORIA DE UN BARRIO

Los ciudadanos de Buenos Aires, como todo ser social, necesitamos y buscamos permanentemente un sentido de vivir en comunidad, que dé identidad y orgullo de pertenecer a este barrio, a esta ciudad. La historia de un barrio es fuente de identidad, es un legado que debemos cuidar y transmitir con respeto para vivir un mundo más humano.
La actual transformación de la ciudad que descuida singularidades y valores históricos, con su consecuente pérdida de identidad de cada barrio, lleva a una creciente homogeneización urbana, donde se reducen los vínculos afectivos de las personas con los lugares y sus intenciones de comprometerse con el barrio en el que viven.
Conocer la historia de un barrio promueve el cuidado de su patrimonio y fortalece la identidad colectiva. Necesitamos una sociedad que mire, cuide y proteja su historia mirando al futuro, que encuentre en la ciudad referentes e hitos urbanos que promuevan el encuentro en sus calles, la identificación, la vida colectiva, el sentido de pertenencia y el compromiso social.

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CARACTERÍSTICAS ÚNICAS DEL BARRIO LIGADAS A SU HISTORIA

El barrio Cornelio Saavedra constituye un sector del actual barrio Saavedra, concebido y planificado desde cero en uno de los márgenes de la entonces Capital Federal. Inaugurado en 1949 con el nombre de Barrio Presidente Perón, formó parte central de la política de vivienda impulsada durante sus presidencias.
Este conjunto singular, de notable diseño urbano y arquitectónico, se destaca por su planificación integral, que abarca desde la traza de sus calles hasta el mínimo detalle de sus viviendas. Originalmente, en él convivían diversos sectores sociales, principalmente la clase trabajadora, con prioridad para familias numerosas y madres solteras, junto a funcionarios y militares, configurando una comunidad heterogénea atravesada por una misma experiencia de habitar.
El barrio no se proyectó solo como una suma de viviendas sino como un organismo para autoabastecerse y dignificar la vida cotidiana en comunidad con una estrecha relación entre naturaleza, vivienda y elementos colectivos necesarios para la vida comunitaria. Esta materialización de una idea de sociedad se refleja en su singularidad: una forma de habitar especial donde lo doméstico y lo natural se encuentran sin esfuerzo. Sobre el modelo de ciudad jardín, los chalets californianos se disponen entre jardines y retiros generosos construyendo un escenario cotidiano donde la escala humana es protagonista.
Por otro lado, el barrio guarda en su trama las huellas de la historia argentina y, al mismo tiempo, los relatos de historias colectivas que emergen de esta forma particular de habitar.
Su construcción a través de la Fundación Eva Perón y financiación a través del Banco Hipotecario, la presencia de Eva y Perón en el barrio, la primera unidad básica del Partido Peronista Femenino y el lugar de la mujer, el papel de la Iglesia con sus multitudinarios actos cívicos y celebraciones religiosas en su explanada, el nombramiento del sacerdote Hernán Benítez, el lugar de la escuela pública en la Argentina como espacio de inclusión y emancipación social.
La invisibilización de su historia a partir del golpe de estado de 1955, el cambio de nombre de sus calles y edificios, la expulsión de muchos de sus habitantes originales. El poco registro oficial que quedó de sus primeros años frente al gran caudal de relatos colectivos que se siguen escuchando en sus calles.
Los cambios sociales, las nuevas formas de habitar, los nuevos actores sociales, las luchas colectivas de los años 2000 para frenar la construcción de torres, el lugar del gran espacio verde para habitantes de barrios periféricos.
Todos estos momentos históricos y transformaciones sociales están presentes en sus calles. Estas huellas del pasado y presente, junto con las características espaciales singulares, las percibe cualquier ciudadano que entra en sus límites y se siente cautivado por la atmósfera de este barrio.
Sin embargo, el vacío documental que dejó ese primer barrido de historia e identidad permite una segunda etapa de pérdida de identidad y de patrimonio. Al desconocerse la historia y el proyecto integral que tuvo este barrio, se toman decisiones que involucran al conjunto, perdiendo día a día su características particulares y riquezas tanto espaciales como simbólicas. Hoy la identidad y patrimonio del barrio se encuentran amenazados.

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EL NOMBRE

Toda historia comienza con un nombre y en este caso el nombre original no es un dato menor, es la puerta de entrada a la trama histórica que le dio forma y sentido al barrio. Recuperarlo implica volver sobre ese momento fundacional, sobre el proyecto político, social y urbano que lo originó, y que explica en gran medida sus características singulares.
El cambio del nombre del barrio, junto al de sus calles y edificios, se inscribió en el marco del Decreto-Ley 4161/56, promulgado el 5 de marzo de 1956 por un gobierno de facto. Esta norma prohibió la utilización de imágenes, símbolos y nombres de Perón y Eva, con el objetivo explícito de borrar su influencia en la sociedad argentina. La sustitución constituyó una operación de borramiento simbólico más que un acto administrativo. Sin embargo, la derogación del decreto unos años después no implicó la restitución del nombre original, dejando abierta hasta hoy una disputa en la que se entrelazan políticas de Estado, experiencias cotidianas y procesos de resignificación colectiva.
Las confusiones que surgen al superponer la denominación “Barrio Cornelio Saavedra” con la del barrio mayor que lo contiene, sumadas al persistente uso del nombre “Barrio Perón” por parte de muchos vecinos, revelan una tensión en esta historia, invisibilización y legado que nunca terminó de resolverse.
El nombre Barrio Cornelio Saavedra - Presidente Perón conserva el nombre actual con el agregado del original, integrando ambas denominaciones como parte de una misma historia y restituyendo una capa fundamental de su memoria. Recuperar esta identidad no solo permite valorarla, sino también reconocer y cuidar su patrimonio.
Al mismo tiempo, hace visible una forma de habitar basada en la escala humana y en las lógicas del cuidado, presente en su configuración original. Hoy, esa forma se encuentra amenazada, pero a la vez es revalorizada por corrientes urbanas contemporáneas que invitan a repensar el espacio construido desde las relaciones de cuidado, la vida cotidiana y el encuentro comunitario.
La identidad no es sinónimo de pasado, sino que es vida donde el presente debe enriquecer el legado, no reemplazarlo ni borrarlo, sino valorarlo y respetar su historia para transformarlo en nuevas experiencias. Es el legado que nos dejaron y es nuestra responsabilidad en el presente cuidarlo y enriquecerlo para continuar su transmisión a las nuevas generaciones que habiten la ciudad.

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